Mi esposa guarda grave silencio, ante nuestros graves problemas.

Matrimonio

Dos días antes de iniciar el proceso contencioso del divorcio que en forma unilateral mi esposa había promovido, salí a caminar un poco con el propósito de meditar mi contestación, considerando que sería algo así como una bofetada con guante blanco.

Luego, me detuve a tomar  un café y meditar un poco sobre lo que realmente me sucedía.

De pronto me reconocí espiritualmente cansado, harto de razonar en primera persona, como si mi ego fuera un pedazo de metal pegado a un poderoso imán de razonadas sin razones, como: “No me valora”, “no me entiende”, “me desprecia”, “es incorregible”.

En mi visión de las cosas, me sentía virtuoso por vivir mi matrimonio apegado a las responsabilidades de su “deber ser”, sin que se me ocurriera darle importancia a la amorosa e inagotable capacidad de mi esposa para amar y perdonar mis intransigentes actitudes, por las que había descuidado el hacerla sentir que la amaba.

En vez de ello, tenía una lista actualizada cada día de lo que para mí eran sus frustrantes defectos y limitaciones, ante las cuales no pensaba de alguna forma ceder.

Qué lejos estaba de imaginar entonces.

Sí, mi esposa por supuesto que tenía sus defectos, unos reales, otros agrandados por la imaginación y soberbia de mi percepción, pero con todo tenía una perfección de amor de la que yo carecía, y que no era otra cosa que un empeño por mejorar, que no excluía la humildad de esperar ser amada en sus propias carencias, por las que no las camuflaba.

Cuanto sufrimiento pude ahorrarle, si así lo hubiera entendido y valorado; en vez de ello la supuse débil e ignorante, por lo que no fui capaz de aquilatar su personal sentido de dignidad, que terminaría por imponerse y al cual me habría de enfrentar.

Tarde reconocí que en cuanto al amor uno mismo, ella era fuerte, y yo débil.

Comenzó por guardar silencio ante mis presiones y comentario faltos de caridad, que solo le   provocaban   respuesta emociónales que no le permitían expresar lo que sentía, aprendiendo inteligentemente a callar y recurrir a un silencio que fue creciendo y que en sí era elocuente, pero que me fue indiferente.

Así, eran dos los silencios confrontados: el mío por soberbia y sin medir consecuencias, el suyo por dignidad, y en un afán de hacerme rectificar.

Solo que el suyo se convertiría en un definitivo silencio, pues había decidido  salirse de mi vida sin dejarme abierta para la menor rendija, por lo que jamás volvería a escuchar sus sinceros reclamos, sus frases cariñosas por sensibilizarme, sus desesperadas advertencias … sus rezos en murmullo.

Así que las consabidas conclusiones a las que suelen llegar los que fracasan en su matrimonio como: “finalmente tengo derecho a ser feliz”, “a rehacer mi vida”, “a encontrar a alguien distinto”, “a comenzar de nuevo”… no tuvieron cabida en mi conciencia.

Por el contrario, al verme al borde del abismo de la soledad, me asalto crudamente la pregunta: ¿Cómo va a ser mi vida sin ella?… La amaba, pero entonces con el angustiante sentimiento de quien no sabe lo que tiene, hasta que lo ve perdido.

Desesperado y consciente de mi enorme descredito, intente una y otra vez romper su ominoso silencio para dialogar y rescatar lo que según yo aún era rescatable, más no lo logre, y en el abismo de mi soledad, me refugie en el trabajo y el alcohol, mientras se bajaba el telón de una triste obra en la que había sido yo el actor principal.

Han pasado los años, y aun cuando superé el alcoholismo y me volvía a casar con una buena mujer, la separación de mi primer matrimonio marco mi vida con la frustración insuperable de haber sido yo, y solo yo, el causante del fracaso, y quien causo el mayor dolor al ser que me amo incondicionalmente en mi etapa de mayor inmadurez.

No hace mucho, mi esposa y yo discutimos fuertemente, mi primera reacción de otros tiempos habría sido quizá montar en cólera, pero al verla guardar silencio la abrace inmediatamente, pues había aprendido ya de la delgada línea que une el arrepentimiento, el perdón y la calidad del amor.

Con todo, no puedo ser plenamente feliz, pues mis sonrisas tienen algo de “los dientes para afuera” pues contienen la sombra de una pena temporal, cuyo precio habré siempre de pagar si quiero pasar verdaderamente por una purificación de corazón, cuyo dolor me permita rezar por mi ex esposa.

Para mí, esa es y será hasta el fin de mis días la única forma de abonar sin nunca saldar, un amor que en justicia quede debiendo.

Testimonio anónimo.

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