¿LA FORMA DE VIVIR MI FE, PROVOCA RECHAZO EN MI FAMILIA?

Familia Religión

Yo no estaba de acuerdo en considerar las cosas del espíritu, como algo propio de gentes puras, extraordinarias. Personas que no se mezclan con las cosas mundanas o que a lo más las toleran como algo inevitable.

No, yo creía tener los pies en la tierra y el corazón en el cielo.

Sin embargo, para mí el templo era el lugar que representaba el único espacio para vivir “una verdadera espiritualidad”, por lo que procuraba asistir el mayor tiempo posible, participando de diferentes formas.

Quienes lo hacíamos, erróneamente nos sentíamos en un mundo aparte, como si fuese la antesala del cielo. Muy distante de ese otro que afuera nos esperaba y parecía seguir su propio camino.

Un mundo del que me desentendía, viviendo en la contradicción de estar dejando a Dios por Dios.

Lo empecé a comprender, cuando mis hijos y mi esposo empezaron a manifestar su rechazo a las cosas de Dios. Luego, en un cruce de cuestionamientos, se manifestaron sobre sobre mis defectos, y desatenciones diciendo que practicaba lo que pregonaba. Sobre todo, me golpeo con dureza que mi hija adolescente, me dijera que la avergonzaba mucho el que sus amigas se refirieran a nosotros como una familia de “santurrones”, y que sus hermanos la secundaran.

Todo provenía de un resentimiento, debido a que entre los tiempos de mi profesión y mi asistencia constante al templo; era yo la del grito destemplado por mal humor o impaciencia; la responsable de una comida a la carrera; quien en mas de una ocasión no asistía a los eventos importantes en la vida de mis hijos.

Yo, que defendía el trabajo de ama de casa como una autentica profesión de amor, lo realizaba con mediocridad, al igual que mi rol de madre.

Entonces comprendí, que en mi familia eran testigos de mis defectos puestos en relieve por una espiritualidad mal vivida. Entonces mi paradigma se hizo mil pedazos y concluí que había que rectificar mis actitudes y rescatar a mi familia.

Lo haría sin ceder en que la primera realidad en la vida es Dios, pero… necesitaba aprender el “como” vivirlo desde las virtudes humanas en familia.

Fue así, que me deje aconsejar por quienes, con una fe operativa vivida con naturalidad y sencillez, dan testimonio de congruencia en todas sus obligaciones de estado, comenzando por la familia.

Comprendo ahora que por el camino que marcan todas las religiones que buscan a Dios, al final se nos juzgara en el amor. Entonces veremos con luminosa claridad, que, precisamente donde se encontraban nuestros hermanos los hombres, nuestras relaciones familiares, nuestro trabajo, afanes e ilusiones, era donde se realizaba el encuentro cotidiano con Él y realizar su voluntad.

Y que el mundo era y es su gran templo.

Ahora vivo con la certeza de que Dios se alegra cuando me esmero en hacer bien, tanto mi trabajo profesional; como la sopa en casa,  arreglar las cortinas, ser paciente y alegre, cuando dialogo y me involucro en la vida de mi esposo y mis hijos… cuando me ve luchar cada día por adquirir virtudes para ser mejor.

Explico a mis hijos con nuevas luces, que existe el tiempo de honrar Dios en el templo y en la oración privada, pero que Dios quiere que le sirvamos también en y desde todas las tareas en medio del mundo.

Que hay algo divino escondido en las situaciones más comunes que nos toca a cada uno descubrir, haciendo de la vida la más maravillosa travesía con el más hermoso destino.

Que no podemos vivir con una actitud solo espiritual o una visión totalmente materialista y placentera. Que hay una sola vida hecha de carne y espíritu.

Ahora tengo el cuidado de no olvidar que tienen su edad y formas de creer.  Incluso la libertad de reservarse en la fe, por lo que debo confiar en los tiempos de Dios.

“En la línea del horizonte parecen unirse el cielo y la tierra, pero donde de verdad se juntan es en nuestros corazones cuando vivimos de cara a Dios en lo ordinario de cada día en todos los quehaceres de la tierra”. San José María Escrivá De Balaguer

Por Orfa Astorga de Lira

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