La desconfianza afectiva, pensar mal en el corazón

Autoconocimiento

 

Padecí la dureza de los castigos y exigencias de un padre que vivía muy lejos de predicar con el ejemplo, por lo que al crecer desarrollé una personalidad tal, que, según mis juicios, nadie actuaba bien de primera intención, así estuviera viendo a alguien ayudando a un anciano a pasar la calle.

Recuerdo que en mi niñez pensaba: “yo estoy mal y los demás están bien” era lo que había aprendido.

Luego en mi adolescencia en un fuerte afán de encontrarme con mi identidad y en la natural rebeldía, mi pensamiento prevaleciente de entonces fue: “Yo esto mal, sí, pero los demás también lo están”.

Y por resentimiento comencé a desarrollar entonces un fuerte espíritu crítico.

En ese entonces, recuerdo que abuela me decía: “cuenta las cosas como son, y nunca pienses mal de nadie”. No entendía entonces que lo hacía hablándome de la virtud de la sinceridad y su relación con la caridad hacia el prójimo, pues se preocupaba mucho al escucharme hacer comentarios, como: “fulanita es una interesada con su novio; “menganito es solo un interesado con sus amigos”; “tal es una mentirosa y floja”; “el vecino es… “

No la comprendí, pues habiendo vivido mis primeros años en la escuela de la desconfianza afectiva no sabía interpretar con buen espíritu los motivos ajenos y, sin poder resolver mí ya habitual desconfianza, por soberbia cambie a otra postura en la que concluía: “yo estoy bien, son los demás los que están mal”

Así, “Piensa mal y acertaras” se convirtió para mí en un principio de apreciación de sucesos y personas por el que veía ante todo lo negativo, juzgando siempre de manera anticipada y sin el debido conocimiento.

Actitud que me convirtió en una persona toxica con doble personalidad, ya que al encontrarme con personas a quienes había previamente descalificado, las saludaba con amplia sonrisa y un  afectuoso abrazo o beso en la mejilla, propio de quien las estimaba en mucho.

Los costos de mi actitud los comencé a sufrir en tres fallidas relaciones de noviazgo, en donde lo normal es que la normal se perciba solo lo más lo valioso del otro y no los defectos.

Pero en mí sucedía lo contario.  Me sentía enferma.

Finalmente tuve mi gran oportunidad.

Conocí a quien sería mi esposo, alguien quien supo enfrentarme en mi defecto, con firmeza, claridad y respeto. Lo hizo con palabras que tocaron mi corazón y mi cabeza, por las que admití por primera vez que me encontraba ante una persona a la que verdaderamente le interesaba.

De pronto, me sorprendí siendo incapaz de pensar mal de él, sintiendo también el deseo de compartir su nobleza de corazón. Fue el comienzo de mi curación para entender mi problema y dejarme ayudar.

Con ayuda especializada voy superándome poco a poco, sustentando mi esfuerzo en el día a día con principios como:

  • Ante la tentación de juzgar, debo pensar en la paciencia que habrán tenido con mis propios defectos, quienes me han tratado.
  • Debo recordar, ante todo, la caridad de otros hacia mí en aquellas ocasiones muy dolorosas o difíciles en que no supe comportarme.
  • Jamás olvidare que, ante otros, un juicio infundado y negativo o una crítica malévola, puede producir un daño irreparable en el prójimo y un cargo de conciencia para quien lo hace.
  • No permitiré que otros juzguen a los ausentes, porque si muestro interés por oírlo, se animarán a continuar. Demostrare con mi silencio, que desapruebo esos juicios.
  • Las personas, al exponer sus ideas, lo normal es que lo hagan con diferente criterio, conocimientos y experiencias. Aprenderé a escuchar y no prejuzgar, pues hay cantidad de cosas de mi prójimo y tantas realidades que ignoro por completo.
  • El deseo de juzgar puede provenir de la amargura del propio fracaso, y debo admitir ante nada que lo primero es superarme a mí misma para ayudar y comprender a los demás.

Estoy consciente de que sólo se puede juzgar a otros, si es para proteger a un inocente, ayudar al bien público o para ayudar a alguien, que está necesitando un consejo. Y que dicho juicio debe hacerse con suficiente conocimiento de causa y rectitud de intención.

Ahora me esfuerzo por comprender, dialogar, ayudar y concluir: “yo estoy bien y los demás también lo están”.Para solicitar consulta escríbeme a: 

 

 

 

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