Honrarás a tu padre y a tu madre ¿Aun cuando…?

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Aun cuando nuestros padres fallecidos, nos hubieran causado profundas heridas, el perdón es un acto de la voluntad, por el que las heridas se pueden trasformar en compasión, y la ofensa en intercesión ante Dios, para que los tenga en cuenta en su infinita misericordia.

Al revisar la casa paterna en proceso de venta, abriendo una vieja alacena, encontré abandonadas las urnas que contenían las cenizas de mis padres, y las recuperé con la firme intención de ponerlas en un lugar sagrado.

lo hice enfrentando los profundos daños psicológicos y emocionales causados por la personalidad desequilibrada de ambos, que buena parte de mi vida compartí con mis hermanos, y sobre todo, el vivir con el lastre del resentimiento.

Busque ayuda en diferentes formas de terapia que, en sí, algo ayudaban, pero no lograban hacerme arrojar el veneno que producía todo aquello que tan bien conocía, de donde procedía y la forma como actuaba en mi interior haciéndome tanto daño.

Finalmente encontré a quien me propuso como solución, el inesperado camino de aprender a amar y agradecer a través del arrepentimiento de mis propios errores y la adquisición de nuevas virtudes, de tal manera que, modificando el sentido de mis acciones pasadas y presentes, dispusiera mi corazón al perdón, comenzando por mis propios padres.

Algunos de los rasgos traumáticos que debía resolver fueron:

  • Penosa adaptación a ciertos cambios importantes o situaciones nuevas.
  • Sentirse presionado ante las exigencias normales de la vida.
  • Angustia desmesurada ante el sufrimiento de alguno de nuestra familia.
  • Sentirse siempre amenazado en mi bienestar físico o emocional.
  • No poder evitar pensamientos negativos, recuerdos dolorosos, preocupaciones, culpa, coraje, etc.

Sería como una reingeniería de mi vida.

Fue un proceso largo y penoso pues me había pasado buena parte de mi vida sintiendo una extraña lastima por mí mismo, por la que consciente o inconscientemente me negaba a aceptar del todo, que era un ser libre, y por lo tanto a pesas de todo, responsable de mis actos.

El arrepentimiento sin justificaciones de la responsabilidad moral de nuestros actos, parte de una cura del alma, es decir, de aprovechar la fuerza de lo espiritual, como palanca de una acción terapéutica, que luego se extendería a las dimensiones de lo psicológico, emocional y orgánico.

Luego era necesario comprometer toda la inteligencia, voluntad e imaginación para construir   un animoso presente y una ilusión de futuro

Así, di vuelta a la página, cuando mi inteligencia, voluntad e imaginación, se abrieron entonces a consideraciones de misericordia y comprensión hacia mis padres.

 Tales como:

  • El don de vida, se lo debo a ellos.
  • Alguien me alimentó, baño, vistió y velo mi sueño cuando niño, y fueron ellos. Eso y muchas cosas más pueden ser fuente de agradecimiento al reconocer que me amaron a su manera, y de muchas maneras.
  • Existen en mi memoria buenos y bellos momentos de ellos conmigo y mis hermanos, que quedaron ocultos por las negras nubes de sus errores. Esos recuerdos están ahí y tienen un gran valor, si nos tocamos el corazón.
  • Todo padre daría la vida por sus hijos, muy seguramente los nuestros no serían la excepción ¿quién es uno para juzgar que no?
  • Es seguro que algunas ofensas no fueron intencionales, otra quizá ni siquiera reales y otras agrandadas por la imaginación.
  • Muy seguramente hayan sentido más de una vez arrepentimiento por sus errores.
  • Es muy probable que repitieran patrones de conducta negativas, porque carecieran de amor y comprensión en su familia de origen.
  • Es así que la medida del amor, es el amor sin medida; y en la misericordia la medida del perdón es el perdón sin medida.

Tal vez, toda mi vida luche con ciertas secuelas emocionales, más no con las del resentimiento.

Lo sé cuándo en mi corazón rezo por ellos con toda la sinceridad: “Dales señor el descanso eterno, y luzca para ellos la luz perpetua”

La vida siempre será maravillosa, porque desde sus actos en el presente, el hombre guarda la capacidad de redimir toda culpa propia o ajena, de lo acontecido en el pasado.

Es su pase al cielo.

Por Orfa Astorga de Lira.