Antídotos contra el resentimiento

Autoconocimiento

Reflexión, autoconocimiento, comprensión, perdón,…

El resentimiento es un sentimiento  que aparece como respuesta emocional negativa ante lo que nos pasa y  percibimos como ofensa  quedando en nuestro interior como un veneno que se activa cada vez más, pues dicho sentimiento negativo se vuelve a vivenciar, a sentir una y otra vez. De ahí el término resentimiento.

Los antídotos son:

Reflexión: Disponernos a oponer la primer barrera a éstos sentimientos negativos con la disposición a la objetividad, en cuanto a que la ofensa, siendo real, puede estar exagerada por nosotros o simplemente ser imaginaria; no dejarnos arrastrar en un primer impulso por un sentimiento negativo que de entrada  no controlemos racionalmente.

Autoconocimiento: Debemos conocernos, pues existen temperamentos que se prestan a guardar recuerdos y sentimientos, lo cual es bueno, siempre que no sean negativos y nos afecten. De ser así, queda siempre el recurso de la
formación del carácter del cual  depende de nuestra  voluntad personal para no admitirlos, se trata de lograr la actitud de un querer no querer experimentar nuevamente las emociones negativas durante el transcurso del tiempo.

Evitar la susceptibilidad: Reconocer que es un lastre  llevar en las espaldas el “sentirse” por tantas circunstancias ordinarias e intrascendentes como: un comentario crítico; una llamada de atención; una mirada de indiferencia o desprecio; un determinado tono de voz; una ironía;  alguna omisión de los demás, como la ausencia de felicitación por el cumpleaños; alguien que no saludó; no dieron las gracias; no invitaron a la fiesta; no lo  valoran o toman en cuentan; no piden su opinión o no le hacen caso; y un largo etc. Todo ello,  viene por estar demasiado pendientes de nosotros mismos, la persona egocéntrica se hace muy vulnerable porque le da demasiada importancia a todo lo que a ella se refiera, sobre todo si considera que son negativas por parte de los demás.

Controlar la imaginación: La imaginación es útil y muy necesaria controlada por la inteligencia y voluntad para su aplicación a realidades positivas; cuando por lo contrario, la imaginación actúa sin estos controles, exagera las cosas de tal manera que suele provocar resentimientos gratuitos, por infundados.

Comprensión con los demás: Si al analizar los agravios recibidos, siendo reales y además en su justa dimensión, hacemos además un esfuerzo por  comprender la forma de actuar del ofensor y descubrir los atenuantes de su forma de proceder, nuestra reacción negativa no solo no quedará reforzada, sino que podrá  desaparecer si adquirimos de estar manera la capacidad de debilitar el estímulo.

Voluntad para logros que den satisfacción: Al no alcanzar lo que desearía o lo propuesto, la voluntad débil influye sobre el entendimiento deformando la realidad y quitando valor a aquello que no se ha podido adquirir y prefiere vivir en el peligro del pasado, cuando expresa “tiempos pasados fueron mejores”, aunque en ellos se encuentre latente el resentimiento.  Es necesario tener una correcta actitud respecto de los valores,  entre más elevados poner mayor empeño en alcanzarlos; es muy cierto el refrán “un buen presente borra todo mal pasado”. Ejemplos: empezar nuevos estudios, practicar nuevo deporte, hacer nuevos amigos, etc. Se trata de fortalecer el carácter acometiendo retos que exijan vencimiento personal.

Aprender a ser feliz: No depender del curso que tomen los acontecimientos y ante las pruebas, no sólo no dejar que se conviertan en fuentes de frustración y amargura, sino ver en ellas la amabilísima voluntad de Dios.

Tener clara la misión en la vida: Valorando nuestras capacidades y cualidades personales, limitaciones y defectos, en un proyecto que le dé sentido a la existencia y que coincidan con el plan de Dios sobre nosotros.

Perdonar: No es lo mismo disculpar que perdonar. Pedimos disculpas cuando el acto no ha sido verdaderamente intencional o propiamente personal, como cuando accidentalmente hemos roto el apreciado florero de nuestro anfitrión. Cuando por lo contrario, el acto ha sido libre y conscientemente  agresivo, no es cuestión ya de pedir disculpas, sino perdón. Se disculpa al inocente y se perdona al culpable, por lo tanto, es más fácil disculpar que perdonar, y el perdón, puede en ciertos casos resultar en extremo difícil o  humanamente inconcebible, pero en este punto debemos reconocer que el perdón no es ya un sentimiento, sino un acto de la voluntad en donde se busca adherirse al plan de Dios.

Es así que las exigencias del amor de Dios entre los hombres superan la natural capacidad humana, por eso Jesús invita a los suyos a una meta que no tiene límites, porque sólo desde ahí podrán intentar lo que les está pidiendo: “Sean misericordiosos como su padre Dios es misericordioso”, ideal con el que contamos con la ayuda de Dios mismo.

La vocación al amor por el perdón marca la libertad de los hijos de Dios, Jesucristo enseña a orar y a pedir confiada e insistentemente se nos conceda  esta gracia.

“Perdona nuestras ofensas como nosotros perdonamos a los que nos ofenden”.
 
Reflexiones tomadas de los apuntes del Padre Francisco Ugarte Corcuera.


Por Orfa Astorga de Lira

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