Amar es, ser para el otro

Matrimonio

El hombre soberbio se cree superior y pretende jugar el papel de rey, aunque solo sea en el reino de su propia miseria. Un aprendizaje que nos comparten en esta historia de vida.

Abundaba en lo material, pero mi vida afectiva era un desastre, ya que mi esposa a quien amaba a mi manera, afirmaba haber agotado la última reserva de su amor esperando que yo cambiara. Era muy posesivo y orgulloso y le provocaba heridas a las que permanecía ciego.

Me lo dijo muchas veces.

Mi sorpresa fue mayúscula cuando me llego la notificación de su demanda de divorcio, por lo inmediatamente hablé con ella, seguro de arreglar las cosas. Por primera vez me di cuenta de que no podría imponerme, y salí dando el último portazo.

Después de la primera audiencia ante el juez, de pronto tuve una inspiración y le dije que aceptaba todas sus condiciones, solo le pedía suspender el proceso un poco de tiempo antes de hablar por última vez, y que lo hiciera por nuestros dos pequeños hijos.

Me escucho con el ceño fruncido, y asintió en el silencio de quien conserva una pequeña esperanza de poder seguir adelante.

Y yo, que no aceptaba consejos, con el anillo de compromiso en mi dedo, además de pedir ayuda profesional, me inscribí en un curso sobre matrimonio y amor conyugal.

Y comencé a comprender tres realidades muy importantes de mi problema:

Primero: que el problema de mi orgullo venía de lejos, pues mis padres quizá inconscientemente, me habían exigido y educado condicionando su amor a lo que sabía o podía realizar como sobresaliente. Por lo que crecí basando en ello mi autoestima y pensando  que  no podía ser amado solo por ser quien era, despojado de todo.

Un patrón de educación equivocado que además estaba repitiendo con mis dos pequeños hijos.

Segundo: que había llegado al matrimonio con una idea equivocada, pues la vida matrimonial no es solo “estar junto al otro” o “estar con otro,” sino ser para el otro, por lo que no comprendía que mi esposa valoraba y necesitaba ante todo amor y respeto.

Más que mis títulos, la residencia, o el flamante coche.

Tercero.  Que, en consecuencia, había descuidado cuatro propiedades que determinan la verdad y calidad del amor:

Estas son:

El amor verdadero es desinteresado. Si amar es lo contrario de utilizar, entonces deberíamos saber contestar correctamente a las preguntas: ¿qué me motiva realmente a la hora de entregarme? ¿lo hago sin esperar nada a cambio? ¿me esfuerzo por anteponer el provecho de la persona amada sobre el propio?

Si en verdad amamos se debe abandonar la creencia de unos derechos exclusivos, o el llevar cuenta de lo que consideramos méritos propios.

El amor verdadero es sacrificadamente gustoso. Si obras son amores y no buenas razones ¿Cuánto estamos dispuestos a sacrificarnos para hacer feliz al otro?

La intensidad del amor se revela en saber morir a los propios gustos, deseos y aficiones por buscar el bien y la felicidad del cónyuge,  hasta llegar a las cosas que verdaderamente cuestan y apelan a nuestro más duro auto vencimiento.

El amor verdadero es respetuoso.  ¿Evito imponerme siempre? ¿Admito su libertad en las formas, gustos, opiniones? ¿Tomo en serio su forma de ver las cosas? ¿La se escuchar?

No a la coacción, al chantaje afectivo o el reproche solo en apariencia bien intencionado. Darle espacios, preguntar sin cuestionar, admitir su inteligencia y confiar.

El amor verdadero es libre.

Si me propongo cambiar lo he de hacer desde la más profunda libertad interior, no haciendo lo que me dé la gana, sino haciendo el bien porque me da la gana.

Es decir que, al mejorar la calidad de mi amor, ya no pretenderé adueñarme de la persona amada, sino que deseare pertenecerle en el mejor ejercicio mi libertad, en el ser para el otro.

Finalmente.

Con una real perspectiva sobre la verdad del deber ser del matrimonio y el amor conyugal, se renovó mi esperanza de que quizá en los apagados rescoldos del amor de mi esposa, debajo de las cenizas, hubiera algo de calor del que pudiera brotar una llama.

Y se llegó el momento dialogar en lo que sería la última vez. Lo hice hablando, ahora sí, con los argumentos correctos y el corazón en la mano.

Admití que había fallado en lo esencial, pues mi amor no había sido sacrificado, desinteresado, respetuoso y libre. Que era consciente de que no me sería fácil controlar con la sola voluntad unos defectos tan arraigados, y me encontraba necesitado de una verdadera purificación interior que requeriría de tiempo, esfuerzo, paciencia, y… una motivación que solo podrían venir de su amor.

No me avergüenza decir que me arrodille para pedirle perdón, y que después de un penoso silencio, me dijo que deseaba seguir adelante y no solo por los hijos.

Para mi gran fortuna había brotado una pequeña llama.

Por Orfa Astorga de Lira.

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